Cómo el fuego me enseñó a no huir de quien soy

Chef profesional preparando un plato de alta cocina en el Algarve, Portugal.

Fotografía firmada por Basan Acharya.

…lecciones de vida desde mi cocina

No empecé a cocinar para convertirme en chef. No soñaba con estrellas Michelin, no buscaba la gloria. Me acerqué al fuego porque era el único lugar donde podía poner mi silencio a trabajar, como en un capítulo que yo llamaría «juego y diversión». Entonces no lo sabía, pero en el fuego de la cocina me descubriría, me enfrentaría, me quemaría... y renacería.

El fuego no miente


En la cocina, el fuego es la verdad pura. No se puede controlar con mentiras. Si es demasiado fuerte, quema. Si es débil, falla. Así es también la vida. Me di cuenta de que en cada llama hay un espejo: cuando huía de mí misma, la comida lo notaba. Cuando cocinaba con resentimiento, el sabor era amargo. Cuando cocinaba con amor, el plato sonreía. El fuego me enseñó a no huir. Ni del pasado, ni de los errores, ni de los miedos. A quedarme allí, en el calor intenso, y transformar todo en algo nutritivo.

La paciencia no es debilidad, es fortaleza.


Al principio, quería que todo sucediera rápido, quería ser «la mejor» (¿Qué significa eso? Lo explico al final). Pero la cocina me dio una dura lección: sin paciencia, te quemas. Las sopas necesitan tiempo. La masa necesita reposar. La carne necesita respirar. Y yo también. Aprendí a no apresurar la vida. A entender que cada error es un paso, no un fracaso. A aceptar que la cocción lenta revela los sabores más profundos, y las partes más profundas de mí misma.

Cocinar como acto curativo


Cociné en silencio, cociné con amor. La cocina fue, muchas veces, el lugar donde curé mi alma sin darme cuenta. Cada verdura cortada, cada salsa preparada, cada plato servido era una forma de terapia. Cuando me faltaban las palabras, tenía la comida. Y a veces, un plato puede decir lo que la boca no puede: «Lo siento». «Gracias». «Te quiero». «Sigo aquí».

La cocina me enseñó a ser humana.


No soy chef. No soy profesional. No soy artista. Soy humana. Con las manos cansadas, con el alma llena de nostalgia, con fracasos que me han desgarrado la piel y con momentos en los que un simple «Felicidades» de un compañero me cambió el día. Aprendí que la perfección no es el objetivo. Lo es la presencia. La atención. El alma puesta en cada gesto. Eso es lo que queda. Eso es lo que alimenta. Hoy ya no huyo. Me quedo junto al fuego. No para dominar la llama, sino para escucharla. Y, a veces, en el silencio entre dos pedidos, escucho algo más profundo que las recetas: escucho quién soy.

Vuelvo a la frase «quería ser la mejor»...

«Ser la mejor», no para el mundo, sino para mí misma. Lo repetí tantas veces en mi mente, como un mantra, como una oración susurrada: «Quiero ser la mejor». Al principio, pensaba que eso significaba demostrar algo. Mostrar al mundo que soy capaz. Ser reconocida, o mejor dicho, que la comida que creo sea reconocida. Pero el camino me enseñó que «ser la mejor» no significa estar en el podio, sino no traicionarme a mí misma.

La competición que duele

El mundo nos enseña a comparar. A mirar el plato del otro, la vida del otro, el feed del otro. Y cuando eres mujer, chef, líder o simplemente soñadora, hay una doble presión dentro de ti: ser impecable y, aun así, modesta; creativa, pero eficiente; fuerte, pero agradable. Llegó un momento en el que me di cuenta de que no estaba agotada por el trabajo, sino por las expectativas. Por la voz dentro de mí que me decía que no era suficiente. ¿La mejor, en qué sentido? Me pregunté : ¿La mejor para quién? ¿Para un superior? ¿Para un cliente? ¿Para un equipo? ¿Para un mundo que cambia de tendencias más rápido de lo que cambio el aceite de la sartén? La verdad es que «la mejor» se ha transformado. Ya no significa perfección. Significa sinceridad. Significa poner el alma en lo que hago, no impresionar. Crecer cada día, no ganar cada día.

Ser la mejor... cuando es difícil

Ser la mejor no se ve en el éxito. Se ve en los días en que te tiemblan las manos, pero no te rindes. Cuando enfrentas tus miedos. Cuando ya no buscas aprobación, sino paz interior. Cuando entiendes que incluso la vulnerabilidad es una forma de fortaleza.

La mejor para mí
• La más presente cuando cocino.
• La más empática cuando dirijo un equipo.
• La más sincera con mis sueños.
• La más amable cuando me equivoco.
• La más valiente cuando llega el momento de volver a empezar.

Porque ser la mejor no significa no caer. Significa levantarse siempre con más claridad, más verdad y más luz. Y nunca seré «la mejor» a los ojos de todos. Siempre habrá alguien más rápido, más visible, más elogiado. Pero si, por la noche, puedo apoyar la cabeza en la almohada sabiendo que no he traicionado quién soy, que he cocinado con el alma y he elegido con el corazón, entonces, en ese silencio, soy... soy la mejor versión de mí misma. Y eso es lo único que importa.

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