Una historia en construcción

Chef profesional preparando un plato de alta cocina en el Algarve, Portugal.

Nunca me he sentido cómodo definiéndome. Quizás porque las personas no son etiquetas, sino una suma de momentos, elecciones e intentos invisibles.

He recorrido caminos diferentes, asumido roles distintos, vuelto a empezar más de una vez. De cada lugar me he llevado algo: una lección, un silencio, una pregunta. Hoy no me siento «formada». Me siento en construcción. Y creo que eso dice más de mí que cualquier título. Trabajo con comida, imagen y emoción. Soy cocinera, chef y fotógrafa. O tal vez solo alguien que busca sentido en las cosas hechas con las manos y con el corazón. Esta combinación de artes me eligió antes de que yo la eligiera. Me mantiene despierta, curiosa, viva. Me obliga a no quedarme quieta.

La cocina fue mi escuela más dura. Allí aprendí disciplina, resistencia, paciencia y respeto. Aprendí que la belleza no nace de la comodidad y que la excelencia exige una presencia total. Las cocinas profesionales son exigentes. No son suaves y no perdonan fácilmente. Pero son honestas. Y la honestidad, aunque duela, fortalece. Para mí, cocinar está muy cerca de la vida. Te equivocas. Repites. Lo intentas de nuevo. No hay atajos reales, solo pequeños pasos que se dan cada día. Y si decides hacer algo, creo que vale la pena hacerlo con respeto, responsabilidad y cuidado por quienes van a recibir tu trabajo. Lo que realmente me mueve son las personas. Las miradas, las reacciones, el silencio después del primer bocado. Ahí es donde ocurre algo que no se puede planificar. Para mí, el éxito no es ruidoso. No se mide en aplausos. Se siente en esos pequeños momentos sinceros que perduran. Me atraen todos los sabores y culturas, porque cuentan historias. Y las historias crean recuerdos. Un buen plato no es solo sabor. Es una emoción que regresa mucho después de que el plato esté vacío. Por eso, no veo la comida como un producto, sino como un lenguaje.

En mi trabajo sigo una regla sencilla, pero esencial: sé firme, sé justo y sé amable. Con los demás, pero sobre todo contigo mismo. Creo que la verdadera fuerza reside en el equilibrio, entre la exigencia y la humanidad, entre el rigor y la empatía. No busco la perfección. No creo en ella. Busco la verdad. Busco momentos bien hechos, con significado. Cada día es un intento. Cada proyecto es una conversación entre quien soy y en quien puedo convertirme.

La fotografía es el final de este proceso. Es el instante en el que el tiempo se detiene por un segundo. Es la prueba de que ese momento existió. A través de la fotografía cierro el círculo entre la creación, la emoción y la memoria. Cada imagen es un adiós y un gracias dichos al mismo tiempo.

Vivimos en un mundo cansado. Apresurado. A veces caótico. Un mundo que consume rápidamente y se olvida de sentir. Por eso creo que tenemos una responsabilidad real: ser más atentos, más amables, más presentes. No a través de gestos grandiosos, sino de cosas bien hechas, con intención. Tenemos el poder de crear momentos que traen calma. De ofrecer alegría sin ruido. De elegir lo que dejamos atrás.

Hoy, el lema que me acompaña es sencillo y claro:

Lo mejor es el siguiente paso
No el más grande.
No el perfecto.
Pero el asumido.

Aquí no hay prisas. Hay tiempo, escucha y atención a los detalles. Un espacio para quienes sienten antes de juzgar, para quienes entienden que las cosas que perduran no se precipitan.

Cuida el camino.
Sé consciente en tus elecciones.
Y sigue adelante, paso a paso.

Ama lo que quieras, pero ama. Es lo que te mantiene íntegro.

la vuestra, lee

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